Estos valles son un cúmulo de nudillos bajo el pasto,
una lección del cómo una nación aprende a dormir sobre sus muertos.
Estoy parado donde la sombra de un árbol me cose los tobillos
a la tierra—un árbol sin hojas, sólo hueso,
sólo el recuerdo de la fruta. ¿En qué estás pensando?
Estoy pensando en ellas—dos extrañas atravesando la pradera,
sus vestidos aleteando como orquídeas en el viento,
como si ofrecieran
sus cuerpos al silencio. En casa, mi madre dobla las tortillas,
ahora lunas—yezana, ofrendas. En el noticiero, un nuevo rostro sin nombre
sale a luz entre yo nujmú.
Lo llamamos duelo, pero aquí
apesta a pasto quemado por el viento.
Me he convertido en la costura a la que cosen los cerros.
Las montañas que abandoné detrás,
los perros ladrándole a yo paa, los días nuestros,
el camino empedrado tragando nuestra lengua
y regurgitando su alfabeto extranjero.
Pienso en los padres que nunca regresan
—por elección,
o llevados de la carretera, como hojarasca—el cómo heredamos un silencio
y lo pulimos a una gramática enclaustrada.
Se nos dice que inclinemos los rostros todos
contra este cielo estéril,
aunque nunca susurra nuestros nombres de vuelta.
Una rama apunta hacia este arco pálido
y nos dicen que hemos de llamar a esa puerta hogar.
Quiero decir que estoy seguro, lo deseo,
que la distancia puede desenredar nuestro paisaje,
pero mis huesos crujen bajo el viento
de cada borde que han cruzado,
todos los nombres nuestros bajo la huerta en nuestro patio.
Presiono mi oído contra la montaña. Late, está latiendo.
¿En qué te has convertido en este brillante, rebanado valle?
He tomado forma en las ramas desenvainadas,
la sombra, el venado.
Pienso en mis dos madres
y sus peregrinajes por las llanuras,
volteando los pastos hasta que sus rostros
se hallen centelleando en las raíces—
de nuevo.
«El Valle de México» de José María Velasco
